¿Y tú qué ofreces?
Anoche Anita estaba viendo una serie en Prime. Yo entré al cuarto por alguna razón que sinceramente ya ni recuerdo y, sin estar prestándole demasiada atención a lo que veía, escuché que uno de los personajes decía algo que hizo que automáticamente volteara hacia la pantalla:
“Si quieres amar a alguien de verdad, tienes que tener el valor para enfrentarte, en primer lugar, a tus traumas y tu historia, y además de eso, debes querer solucionar tus problemas.”
Boom!
Me quedé pensando en eso.
Porque aunque cuando lo escuchas parece bastante lógico, creo que pocas veces hablamos del amor desde ese lugar. Cuando pensamos en tener una relación, normalmente pensamos en la persona que queremos encontrar. Queremos a alguien emocionalmente responsable, que sepa comunicarse, que sea fiel, estable, cariñoso, maduro, que no venga todavía enganchado con su ex, que tenga inteligencia emocional, que sepa poner límites, que no sea tóxico, que haya trabajado sus traumas y, de ser posible, que además venga con buen sentido del humor y pocas complicaciones. Ya que estamos pidiendo… pidamos bien. 😂
Y todo eso está perfecto, pero...
¿Y tú qué ofreces?
Porque encontrar a una buena persona no garantiza que esa persona se quede con nosotros o que vayamos a poder construir una buena relación con ella.
Puedes conocer mañana a alguien maravilloso. Una persona amorosa, estable, comprometida, comunicativa y dispuesta a construir contigo. Pero si tú llegas a esa relación cargando heridas que no quieres mirar, miedos que no reconoces, conductas de las que no quieres responsabilizarte y una enorme capacidad para echarle la culpa al otro de todo lo que sientes… probablemente tener delante a una gran persona no sea suficiente.
Porque una relación no depende únicamente de a quién encuentras. También depende de quién eres tú cuando amas.
Y ojo, porque no estoy diciendo que uno tenga que llegar a una relación completamente “sanado”, iluminado, emocionalmente perfecto y levitando veinte centímetros sobre el suelo. Si ese fuera el requisito, probablemente nos extinguiríamos como especie.
Todos llegamos con historia.
Todos cargamos ciertas heridas, inseguridades, experiencias anteriores, maneras de relacionarnos que aprendimos en casa, formas particulares de defendernos y algunos botones emocionales que parecen estar perfectamente guardados… hasta que alguien los toca.
Y ahí aparece algo vital para las relaciones: tienen una habilidad extraordinaria para mostrarnos partes de nosotros que cuando estamos solos podemos esconder bastante bien.
Cuando estás solo quizá no sabes cuánto miedo tienes al abandono. No sabes qué tan celoso puedes llegar a ser. No sabes cuánto necesitas controlar para sentirte seguro. No sabes qué tan difícil te resulta pedir perdón o reconocer que te equivocaste. Tampoco sabes cuánto te cuesta decir lo que necesitas, poner un límite o permitir que la otra persona tenga uno contigo.
Hasta que llega alguien.
Te importa.
Te enamoras.
Y toca exactamente ahí.
Entonces empiezan a aparecer esas versiones de nosotros mismos que jurábamos que ya no existían. El que se pone a la defensiva. El que desaparece cuando hay conflicto. El que necesita tener siempre la razón. El que controla. El que persigue. El que se cierra. El que tiene miedo. El que exige constantemente pruebas de amor.
Y cuando eso sucede tenemos, simplificando muchísimo, dos posibilidades:
Podemos pensar: “Esta mierda me la está provocando mi pareja”.
O podemos preguntarnos: “¿Esta relación acaba de mostrarme algo mío que necesito mirar?”.
Obviamente hay situaciones en las que la otra persona está haciendo algo incorrecto y tendrá que hacerse responsable de eso. Este artículo tampoco pretende convertirnos en mártires psicológicos pensando que todo es culpa nuestra. Pero hay otras ocasiones en las que el conflicto simplemente destapa una herida que ya estaba ahí mucho antes de que esa persona apareciera.
Y ahí empieza el trabajo difícil.
Porque hoy está muy de moda decir que tenemos que “sanar”, “trabajar en nosotros”, “conectar con nuestro niño interior” y “convertirnos en nuestra mejor versión”. En Instagram queda precioso. Una vela, una musiquita suave, una libreta de journaling y aparentemente estamos a tres afirmaciones positivas de alcanzar la iluminación.
Bueh…
Trabajar realmente en uno mismo puede ser bastante más incómodo que eso.
A veces significa reconocer que tus padres hicieron lo mejor que pudieron y que, aun así, hubo cosas que te hicieron daño. A veces significa descubrir que algo que durante años llamaste “mi personalidad” era en realidad una forma de protegerte. Puede significar aceptar que aquella relación que terminó no fue solamente culpa de tu ex, que tú también hiciste daño, que callaste cuando debiste hablar, que explotaste cuando no sabías regularte o que te quedaste durante demasiado tiempo en un lugar donde ya no querías estar y después culpaste a la otra persona por no haberte ido.
A veces trabajar en ti implica pedir perdón.
O aprender a poner límites después de haber complacido a todo el mundo durante años.
O empezar a confiar después de una traición.
O admitir que tienes un problema y buscar ayuda.
Y todo eso requiere valor.
No el valor bonito de las frases motivacionales. Valor de verdad.
Porque conocerte profundamente no siempre es agradable. Hay partes tuyas que probablemente te van a gustar mucho y otras que quizá preferirías seguir atribuyéndoles a tu ex, a tus padres, a Keiko, a Mercurio retrógrado o al universo conspirando en tu contra.
Pero llega un momento en la vida adulta en el que tenemos que hacer una distinción importante: que algo tenga una explicación no significa que esté justificado para siempre.
Quizá aprendiste a desconfiar porque alguien te traicionó. Eso explica muchas cosas. Quizá tienes miedo a que te abandonen porque ya te abandonaron antes. También es entendible. Quizá creciste en una casa donde los problemas se resolvían gritando y hoy, sin darte cuenta, haces exactamente lo mismo.
Tu historia importa.
Tus heridas importan.
Lo que te pasó importa.
Pero llega un momento en el que también importa qué decides hacer con todo eso.
Hay una frase que siempre me ha parecido muy potente: tu historia puede explicar tu comportamiento, pero no necesariamente justificarlo.
Y creo que en una relación esto se vuelve especialmente importante porque tu pareja actual no tendría por qué pagar una deuda que generó otra persona.
Tu pareja no es tu ex. No es tu papá. No es tu mamá. No es quien te abandonó. No es quien te engañó. No es quien te hizo sentir que no eras suficiente.
Y sí, una pareja puede acompañarte mientras trabajas ciertas heridas. De hecho, una buena relación también puede convertirse en un espacio profundamente reparador. Pero hay una diferencia enorme entre decirle a alguien: “Esto me cuesta. Sé de dónde viene. Estoy trabajando en ello. Tenme un poco de paciencia”, y decir: “Yo soy así por todo lo que me hicieron. Aguántame”.
Una cosa es pedir compañía durante tu proceso y otra convertir a tu pareja en responsable de arreglarte.
Además, hay otra parte de este camino de la que tampoco se habla suficiente: darte cuenta de algo no significa que automáticamente vas a saber hacerlo distinto.
Puedes entender perfectamente que gritar durante una discusión está mal y volver a gritar. Puedes saber que necesitas poner límites y quedarte congelado justo cuando tienes que hacerlo. Puedes comprender que tienes miedo al abandono y volver a sentir ansiedad cuando tu pareja tarda en responderte. Puedes decidir que quieres comunicarte mejor y, en medio del conflicto, terminar reaccionando exactamente igual que los últimos veinte años.
Cambiar cuesta.
Por eso trabajar en uno mismo no requiere solamente valentía. También requiere resiliencia, autoempatía y una cantidad importante de autopaciencia.
Porque mejorar no debería convertirse en otra excusa para maltratarte.
No se trata de mirarte al espejo y decir: “Estoy hecho mierda, tengo que arreglarme”.
Quizá una forma mucho más sana de hacerlo sea decir: “Ahora entiendo por qué aprendí a reaccionar así. Entiendo qué estaba intentando proteger. Entiendo por qué esto me duele tanto. Y aunque puedo tener compasión por esa parte de mí, ya no quiero seguir reaccionando de la misma manera”.
Para mí ahí está una de las claves más importantes de todo esto: tener compasión por tu historia sin dejar de hacerte responsable de ella.
Y entonces volvemos a la pregunta inicial: ¿y tú qué ofreces?
No me refiero a cuánto ganas, si tienes departamento, si haces ejercicio, si cocinas rico o si eres guapo. Tampoco a que tengas que convertirte en una especie de producto premium para que alguien quiera elegirte. Me refiero a qué clase de compañero eres cuando las cosas dejan de ser fáciles. A cómo amas cuando aparece el miedo, a qué haces cuando te equivocas, a si eres capaz de escuchar aunque no estés de acuerdo, a si sabes pedir perdón, poner límites sin destruir al otro y recibirlos sin asumir automáticamente que te están rechazando.
Me refiero también a si puedes acompañar a alguien sin sentir que tienes que salvarlo, si puedes hacerte responsable de tus propias emociones sin convertir a tu pareja en culpable de todo lo que te pasa y, sobre todo, si eres capaz de mirarte con suficiente honestidad como para reconocer que hay partes tuyas que todavía necesitan trabajo.
Porque, seamos sinceros, nadie tiene todo eso resuelto. Yo tampoco. Y probablemente esa ni siquiera sea la meta.
Quizá la pregunta verdaderamente importante no sea si ya eres esa versión perfecta, sino si estás dispuesto a trabajar para acercarte a ella.
No necesitas estar completamente sanado para tener una buena relación. No necesitas llegar perfecto ni haber solucionado absolutamente todos tus traumas antes de enamorarte. Pero sí creo que hace falta cierta disposición para mirarte con honestidad, enfrentarte a tu historia, reconocer tus heridas, entender tus reacciones y pedir ayuda cuando sea necesario. Y también hace falta aceptar que probablemente te vas a equivocar más de una vez mientras aprendes a hacerlo distinto.
Ese trabajo no debería nacer del desprecio hacia quien eres hoy, sino del cariño suficiente como para querer crecer. No porque recién entonces vayas a merecer amor, porque ya lo mereces, sino porque si realmente deseas construir una relación de calidad, también vale la pena preguntarte por la calidad de pareja que tú puedes llegar a ser.
Nos preocupamos muchísimo por encontrar a alguien maravilloso.
Quizá también deberíamos preocuparnos un poco más por tener algo maravilloso que ofrecer.
Te mando un fuerte abrazo,
Coach Eduardo.